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María Alcalá Castilla

Sobre la autora

María Alcalá. Jerezana, de padres granadinos, y afincada en Sevilla desde que vino a estudiar Filología Moderna, se ha dedicado a la enseñanza, ejerciendo en el instituto ‘Gustavo Adolfo Bécquer’, de nuestra ciudad, además de realizar otras actividades relacionadas con la filología, la docencia y el teatro.

Alumna de Alejandra desde hace años, en otoño de 2018 escribió para ella y un grupo de tangueros la crónica humorística ‘No estamos para milongas’, que también podéis leer en nuestra web.

LLAMEN A ALEJANDRA
ENSUEÑO DE CONFINAMIENTO

A Alejandra Sabena
…Y a quienes comparten
conmigo la gran fortuna
de tenerla de profesora

En la parada del C-3 de la calle Génova, una mujer de edad madura espera sola, con una bolsa de tela negra colgada de un hombro. Hace rato que llegó y mira, cada vez con más frecuencia, lo que marca el reloj de la plaza de Cuba: 19:50/22º… 19:53/22º…

No pasa un alma por la calle. El autobús no llega. Nadie acude a la parada a hacer cola detrás de ella.

Al dirigir de nuevo la vista hacia el reloj, ve a dos policías en la esquina de la plaza, a la entrada de la calle. Se están diciendo algo. Uno de ellos atraviesa y se pierde de vista, como yendo hacia República Argentina. El otro dobla la esquina y viene caminando hacia Pagés del Corro por la misma acera de la parada donde la mujer continúa esperando.

Al verlo acercarse, la mujer se dirige a él, que, extrañamente para ella, se detiene a escucharla a una distancia inusual.

-Perdone. Hoy es miércoles, ¿no?

-¿Cómo dice?

-Que si hoy es miércoles. Porque veo todo muy muerto, y el autobús no viene a la hora normal de entre semana. Se retrasa a veces, pero no tanto. ¿No será que hoy es domingo?

El policía (en adelante, Agente 1), de cabello moreno y ojos oscuros, tendrá unos treinta años. Se lleva una mano a su bien recortada barba.

-¿Adónde se dirige usted, señora?

-A mi clase de tango. Pero es a las ocho y, si el autobús sigue sin venir, ya no me da tiempo siquiera de llegar andando. ¿No será que hoy es domingo y yo me he despistado? Es que parece domingo, un domingo del mes de agosto. ¿Hoy no es miércoles 18 de marzo?

Agente 1 la mira unos instantes en silencio.

-Sí, a esa fecha estamos. Señora, ¿usted no se ha enterado de que hay una pandemia?

-Una pandemia… Pues…

-¿Usted no sabe que es obligatorio el confinamiento en las casas para toda la población, salvo para las excepciones y los servicios legalmente establecidos, con graves sanciones para quienes incumplan la ley?

-¿Todo eso…? Pues vaya despiste tengo… Oiga, ¿y bailar tango no está entre esas excepciones? Yo creo que es un motivo justificado para salir a la calle, ¿no? Es beneficioso para la salud. Llame a Alejandra, que eso lo explica ella muy bien.

-¿Que llame yo…?

-Claro. Y, de paso, dígale, por favor, que hoy no llego ni al calentamiento; por el autobús, que no viene. No es la primera vez que me pasa, desde luego, pero…

-¡Eeeh! ¿Qué pasa?- se oye al otro policía, que ha vuelto sobre sus pasos y, desde la esquina de la plaza, llama a su compañero para seguir la ronda.

-¡Acércate, anda!- responde Agente 1. Seguidamente, indica a la mujer:

-Espere un momento, por favor. No se mueva.

-¡Yo qué me voy a mover!, para que precisamente ahora venga el autobús…

Agente 1 no ha esperado a escucharla. Ha salido al encuentro de su compañero (en adelante, Agente 2), algo mayor de edad que él, pelirrojo, pecoso y un tanto entrado en carnes.

-Tío, ¡alucinante! Esa mujer está la pobre como un cencerro. Primero me pregunta si hoy es miércoles o domingo. Vamos, que no sabe el día en que vive. Y muy mayor no es, o no parece. Luego dice que qué pasa, que está todo vacío y el autobús no viene. Y encima, ¡agárrate!, dice que va ¡a su clase de tango!

-¡Hostia! Bueno, lo mismo se está queriendo quedar contigo, o te ha querido liar para que te dé pena y librarse de la denuncia.

-No creo.

-¡Con la de listillos que están saliendo estos días…! Le habrás pedido que se identifique.

-Iba a hacerlo, cuando has aparecido tú.

Ambos agentes se aproximan a la parada y se dirigen a  la mujer, situándose a cierta distancia de ella. Agente 2 la mira de arriba abajo, deteniendo unos segundos su vista en la bolsa de tela negra.

-Buenas, señora. Ya me ha explicado algo mi compañero.

-Sí. Buenas tardes. Pero, mientras hablaban ustedes, se me acaba de ocurrir la solución. La explicación y la solución.

Los policías se miran. Agente 2 retoma el diálogo.

-¿Y cómo es la cosa, según usted?

-Pues que todo esto es un sueño. Yo estoy soñando. Ustedes están en mi sueño. Y la forma de que ni ustedes ni yo tengamos problemas es que yo despierte. Y ya sé cómo puedo despertar. Llamen a Alejandra.

-Con todo respeto, señora. El sueño se le va a quitar a usted cuando le pongamos una denuncia y le llegue la multa.

-Nunca he visto que en un sueño se pague una multa.

-Pues esta, por mis coj…

Agente 1 tira del brazo a su compañero y lo lleva aparte.

-No te pases con esta mujer. La pobre no sabe ni dónde está ni lo que dice.

-Para mí, que nos está vacilando. Cara de tonta no tiene.

-Los locos son locos, no tontos.

-Y sale la tía con eso de que esto parece un sueño, que es lo que todo el mundo dice. Mira qué original. Le falta decir que esto parece una película de esas en plan ditópico, o distópico… o como coño se diga. Conmigo no se queda. Mira, tío, yo no estoy por perder más tiempo en esto. Identificación, denuncia, si es el caso, y a su casa, que bastante tenemos. Y, si está loca de verdad, se busca a la familia. Y que no la dejen suelta, coño.

-Lo mismo no tiene a nadie y, después de varios días encerrada, se le ha ido la olla. Bueno, ella ha nombrado ya varias veces a una tal Alejandra, que debe de ser su profesora de tango. Vamos a ver…

-Sí, pero sin enrollarse. Paso ligero, que nos quedan horas por delante.

La mujer toma de nuevo la palabra.

-Perdonen que los interrumpa.

Y se dirige a Agente 2.

-Es que no me ha dejado usted terminar lo que le iba diciendo. Lo que quería decirle es cómo puedo despertar. Yo despertaré en el momento en que llegue a clase de tango y vea a Alejandra.

-¿Y cómo sabe usted que se va a despertar cuando vea a esa señora, a Alejandra?

-No sé cómo lo sé. En los sueños las cosas se saben, y no se sabe por qué se saben. Pero se saben. ¿A usted no le pasa?

-Vamos a ver, señora. ¿No se da usted cuenta de que no para usted de decir absurdeces?

-Más a mi favor. Me está usted reafirmando en mi idea de que todo esto es un sueño, porque lo normal y lógico en los sueños es que las cosas sean, o parezcan, absurdas.

-Vale, lo que usted diga.

Agente 2 a su compañero:

-Vamos al lío, que encima la tía tiene labia, y no estamos para rollos.

Agente 1 a la mujer:

-Su D.N.I., por favor.

-D.N.I. no llevo encima. ¿Para qué, si en clase de tango nos conocemos todos?

-Usted sabrá que ya eso en sí es delito, el no llevar documento identificativo -tercia Agente 2.

-No había caído. Bueno, pues póngame otra multa. Como las multas en los sueños no se pagan…

-¡Y vuelta la burra al trigo! Señora, o colabora, o podemos incluso detenerla.

-Por favor, en la hora de tango, no.

-¿Qué hacemos con esto? -Agente 1 baja algo la voz para hablar con su compañero. Pero responde la mujer.

-¿Que qué hacen? ¡Si se lo he dicho ya varias veces! Ustedes llaman a Alejandra, ella les dice quién soy yo, ustedes le dicen que voy para allá en cuanto pueda, aunque sea empezada la clase. Y, si no es abusar de su amabilidad –al decir esto, mira a Agente 1-, como el autobús no viene y estoy viendo un coche de la policía, que supongo que es de ustedes, parado allí en la plaza, les agradecería en el alma que me acercaran con el coche ese al hotel ‘Ribera de Triana’, que es donde da las clases Alejandra. Y…

-Los hoteles están todos cerrados.

-Este no, seguro. Bueno, termino: allí despierto y se acabó el problema, para ustedes y para mí.

Agente 1 mira a Agente 2, el cual, adelantando la barbilla, señala hacia la bolsa negra:

-¿No llevará usted el documento de identidad ahí en esa bolsa?

-No. En la bolsa solo van mis zapatos de tango.

-¿Y no lleva usted encima nada más? ¿Ni dinero, ni bonobús, ni tarjeta de nada?

-Bueno, sí. Llevo unos clínex en el bolsillo de la chaqueta. Mire usted mis bolsillos. ¿Ve? Nada más.

-¿Y con qué piensa usted pagar el autobús?- pregunta Agente 1.

-Yo nunca he visto en un sueño que se pague el autobús. Te montas y ya está.

-Bueno, vale,vale. Vamos a echarle un vistazo a esa bolsa, si a usted no le importa.

-Nada en absoluto. Los zapatos son bien bonitos, y los llevo muy limpios.

La mujer estira el brazo para acercarle la taleguita negra a Agente 1, que la coge alargando el suyo. Saca los zapatos y se la entrega a Agente 2, el cual inspecciona el interior.

-Aquí no hay nada.

Agente 1 le da los zapatos. Él los mira antes de meterlos en la bolsa.

-Los zapatos parecen de baile, ¿no? –pregunta su compañero.

-Puede ser, sí. Bueno, ya sabemos algo: que esta señora tiene un 39 de pie.

-Muy gracioso. Ahora, a ver si conseguimos sacarle algo de información útil.

Agente 1 coge la bolsa y se la devuelve a la mujer. Continúa hablando con Agente 2.

-No desesperemos. Reconozco que estoy intrigado con esto. Es que es algo tan insólito,  tan raro…

-¿Raro? Majaras ha habido toda la vida. Bueno, al lío, que se me están inflando las narices.

Agente 1 comienza el interrogatorio.

-¿Usted se llama?

-Gracia García García.

-Para mí que se lo acaba de inventar. ‘Gracia’ y ‘García’ son las mismas letras en distinto orden –comenta en voz baja Agente 2, antes de dirigirse a la mujer.

-¿Y esa Alejandra…?

-Lo de ‘esa’ sobra.

-Claro. Alejandra, Alejandra…Vale –tercia Agente 1-. ¿Cómo es su apellido?

-Mmm. Ahora mismo no me sale. No es un apellido corriente. Me acuerdo solo de que el final rima en consonante con ‘buena’.

-¡Anda! Eso lo di yo en el instituto. Ya sabemos otra cosa: es profesora de lengua.

-Yo del instituto solo me acuerdo del recreo -comenta Agente 2-. Buen prenda estaba yo hecho.

-Quien tuvo retuvo.

-¡Vete al carajo!

-¿Qué número de teléfono tiene usted? –continúa Agente 1.

-Me acabo de cambiar de número de móvil y aún no me lo he aprendido. Como una no se llama a sí misma… No lo llevo encima. ¿Para qué, si en la clase, con la música, hay que tenerlo en silencio?

-¿Dónde vive usted?

-Junto al río. Ahora mismo no sabría concretarle. Cuando despierte lo recordaré.

-¡Vamos bien! -Agente 2 resopla y releva a su colega en el interrogatorio-. Díganos alguien cercano de su familia. Usted tiene familia, ¿no?

-Sí, sí. Somos la tira. Aparte de Narciso, están Lourdes, Manuel, Gregorio, Concha, Rosa, Jorge, Ángel, Mariló, Paco, Juan Luis, Maite…

-¡A ver! Pare usted. ¿Toda esa pila de gente quiénes son: hermanos, sobrinos…?

-Todos esos y más, y más… Son tangueros, claro. Alejandra tiene una lista con todos nosotros. ¡Llamen a Alejandra, hombre! –hace una breve pausa y continúa-. Bueno, no. Mejor, ya, a la hora que es (señala al reloj de la plaza, que marca en ese momento las 20:08), acérquenme con el coche ya al hotel, por favor, que voy a llegar a la milonga del final.

-¡Para milongas estamos nosotros!- exclama Agente 1, y mira a Agente 2, el cual, repentinamente, ha cambiado el gesto y le pone la mano en el hombro para llevarlo aparte.

-Un momento. Se me acaba de ocurrir… Mira, esta tía tiene en la cabeza un tablao flamenco. Pero, precisamente por eso, como les pasa a todos los locos, no filtra, y a veces los locos dicen cosas que son ciertas.

-No sé adónde quieres ir a parar.

-Ayer, en Espartinas, unos compañeros pillaron ‘in fraganti’ a unos que estaban en un gimnasio, como si tal cosa, allí, dale que te pego, a la chita callando. A ver si la Alejandra esa se lo tiene montado con un grupito de tango, en pleno confinamiento.

-No creo. Bueno, ¿y cuál es tu idea?

-Mira, metemos a la señora en el coche, la llevamos al hotel, y a ver qué pasa. Lo más seguro es que no haya nada, claro. Pero si hay algo, ¡bingo!

-Hombre, yo, sobre todo, por la señora, veo bien acercarla. Lo mismo allí se convence  de la realidad y se le abre un poco la mente y nos da más datos. No sé…

-¿Vale, entonces?

-Vale. Sin circulación ninguna, más de tres minutos no tardamos en llegar allí. Y, si no hay nada, pues se aplica el protocolo para estos casos, y listo.

-Como este caso no he visto yo otro en mi vida. Un rato más hablando con ella, y acabamos afeitando bombillas. Yo tengo ya hasta mareo. Me está castigando las neuronas, tío. La majaronería se pega, colega.

-Eso rima en consonante, ‘pega’ y ‘colega’.

-¿Lo ves? Ya te has contagiado. Te falta decirme que llame a Alejandra.

-¡Sí, hombre…! Bueno, a lo que vamos. Pues aplicamos el protocolo para casos que puedan parecer similares. Ahora, volviendo a tu idea: como dice que vive junto al río, luego vamos pasando con ella en el coche, despacio, por calle Castilla y luego por Betis, a ver si reconoce su domicilio.

Se dirigen ambos a la mujer, la cual se adelanta a hablar:

-Bueno, y después de la charla, ¿qué? ¿Me llevan ya o no? ¿O es que han decidido llamar a Alejandra?

-La llevamos, la llevamos -responde Agente 1.

-¡Ay, qué bien! Más vale tarde que nunca.

-Me acerco yo a traer el coche. Tú te quedas con ella –dice Agente 2, antes de echar a andar hacia la plaza.

-Y digo yo –comenta Agente 1-: si usted dice que, cuando vea a Alejandra, despertará, no va a poder, entonces, dar su clase de tango.

-¿Cómo que no? Cuando despierte, despertaré en mi clase de tango, aunque sea empezada, y todo será normal, no como ahora, en el sueño.

-No entiendo nada.

-No es cosa de entender.

-Y, cuando despierte, nosotros no estaremos, entonces. ¿No le da a usted pena que desaparezcamos?

-Es que ustedes no existen. Son cosas de mi sueño, y yo en eso no puedo hacer nada. Pero vale, sí, de usted me dará pena, pero del otro…

Agente 2 se acerca con el vehículo junto a la acera.

-Ea, pues ya está aquí ‘el otro’.

-No le comente usted…

-Tranquila, tranquila…

***

Sentada en el asiento trasero, detenido ya el coche de policía delante del hotel, la señora mira, muda e incrédula, la puerta de acceso al edificio, completamente cerrada. Nunca la había visto así, con ese cierre metálico echado hasta abajo, tapando la puerta giratoria de cristales que da acceso al vestíbulo.

Los dos policías se miran, pero la sorna que acompaña la mirada de Agente 2 no halla complicidad en la del otro, que vuelve la vista a la mujer con un punto de tierna tristeza. Se adelanta a hablar para evitar que aquél emita algún comentario ácido.

-¿Lo ve usted, mujer? Los hoteles están cerrados. ¿Convencida? Ahora ya nos vamos y la llevamos…

-No. Está cerrada la entrada no sé por qué. Alejandra está aquí, seguro. Por favor, llamen a Alejandra.

-Como no se haya confinado ahí dentro… – replica Agente 2.

-Lo que sea. Pero Alejandra está aquí.

-¡Vaya tela! Que no puede ser, señora. ¿Cómo va a estar nadie ahí dentro? …Pero mire, ya que hemos venido, voy a dar una vuelta completa al edificio, por ahí detrás, por la parte que da al río, a ver si se ve alguna luz o se oye algo de música, para que se quede usted más tranquila.

-No hace falta. Miren, han sido ustedes muy amables de traerme hasta aquí. Ahora, yo me quedo y pueden ustedes marcharse. Muchísimas gracias.

-¿Irnos y dejarla a usted aquí? No nos vamos a ir sin comprobar si por la otra zona del edificio hay señales de vida, ¿estamos?

Agente 1 sale primero del auto y abre la puerta de atrás a la señora. Esta coge su bolsa negra y, ya fuera, anda unos pasos y se queda de pie, quieta, mirando hacia la entrada del hotel. Agente 2 se acerca a ellos y se dirige a la mujer.

-Mi compañero se queda con usted acompañándola, mientras yo inspecciono, ¿vale? Usted, entretanto, puede acercarse a la puerta y llamar a Alejandra, a ver si acude.

Agente 1, al oír esto, le da un tirón del brazo y le dice aparte:

-¿No te parece que te estás pasando un montón? Me parece muy heavy y muy chungo que te cachondees así de ella, con el palo que se está llevando.

-¡Venga ya, palo ni palo! A mí me parece una majara feliz. Ea, paso de estupideces y a ver si hay algo por ahí.

La mujer no los ha oído. Mientras hablaban, ella se había acercado al edificio hasta quedar parada delante de la puerta. Instantes más tarde, Agente 1 se sitúa a unos metros de ella.

-Alejandra –llama la mujer. Y espera un poco antes repetir, subiendo algo la voz-. ¡Alejandra!

Se acerca al cierre metálico y mira por una de sus hendiduras.

-¡¡Alejandra!!

***

Agente 1 se disponía ya a intervenir, cuando se oyó el chirrido de un mecanismo y el cierre comenzó, poco a poco, a subir. El policía se detuvo, expectante. La señora lo miró con ojos de niña.

Aún sonaba el mecanismo, cuando la mujer vio cómo, tras los cristales de la puerta giratoria, la sonrisa de Alejandra iba encendiendo luces, mientras con su mano impulsaba los batientes, cada vez más rápido…

Arcos de sol. Arcos de luna. Arcos de sol. Arcos de luna. Arcos de sol. Arcos de luna

***

Hasta aquí llega el sueño.

Y el ensueño.

Hasta aquí, el relato. Hasta aquí, la lectura

Hágase la vida

María Alcalá
Abril, 2020

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Llamen a Alejandra. Ensueño de confinamiento

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